07-jul-2009


A lo mejor era tu cuerpo lo que me unía a tí
y no algo más abstracto.
A lo mejor imaginé todo lo demás.
(Miriam Reyes)

Estuve allí;
La ciudad donde la juventud se nos embarcó en el último bateau mouche del atardecer,
la vimos alejarse entre las aguas grises, tras los remolinos espumosos de su estela
mientras capturábamos el momento en una cámara de fotos
sobre le pont- neuf.

Estuve allí,
porque más tarde, ya de noche, incidimos por las avenidas como estrellas fugaces,
ahora en Pigalle, enseguida en Neuilly…
a bordo de aquel deportivo rojo que Mario conducía haciendo de cicerone.
Vosotros hablabais de coches y motores,
yo intentaba traducir el “come toi”, de Jean Jacques Goldman.
Directos al Trocadero…,
donde la mitad del mundo ha contemplado el amanecer.


Mas aquella noche estaba nublado
Las gotas, como un funesto presagio, impactaron en nuestras caras con la fealdad de cientos de escupitajos
Recuerdo a la gente correr a guarecerse en el pórtico,
el viejo carrusel cerrado y tapado con plásticos quedando solitario bajo la lluvia
Por eso cada vez que pienso en París yo estoy allí,
mi figura difuminada y gris, pero ciertamente allí.

Lo más terrible de todo esto, es saber que nunca te amé,
que no dejé huella en ningún sitio, ni los sitios dejaron huella en mí.
Que mi paso fue leve, gravitatorio,
aunque la imagen fluya prisionera en los espejos del recuerdo

Por eso sé que estuve allí…
Incluso podría parecer, forzando el cajón de las concesiones
que no estuve jamás en París.

Pero sí estuve.

22-jun-2009

RAFAEL LUNA




Poesía en el Candy Warhol


Rafael Luna presenta su poemario “Oído de ciego, corazón insumiso”.
Con Pepe Montero y Javier López Clemente en la lectura de los versos


El próximo jueves 25 de junio a las 21: 30 hen el Candy Warhol, calle Bolonia, 28

12-jun-2009

ENAJENACIÓN PROFÉTICA



He tenido una visión, un ramalazo visual consistente en imágenes superpuestas, fotografías de un tiempo futuro. He aquí lo que he visto. Fijaos bien: Son negros, con marcos y adornos plateados, de líneas rectas, minimalistas, mimetizados en la decoración, un tesoro al alcance del capitalista, coltán, coltán y más coltán, pequeñas manos arrancándolo para que yo sea la puta ama del mundo, la puta ama de nada, la cotidianeidad de lo virtual, muchas vidas apagándose para ello, explotación silenciosa… Y esta es mi visión. Estoy por la noche en el salón de mi casa, la tele puesta sin sonido, el ordenador portátil abierto, he trabajado con él un buen rato hasta que los ojos me han empezado a molestar, el móvil descansa en la mesita frente a mí, el dvd marca las ¡0:002! ¡0:02! ¡0:02! Empieza a faltarme el aire, no puedo respirar bien, intuyo una amenaza que no puedo ubicar, dígitos hipnóticos saltan, resaltan sobre el negro de la pantalla de cristal líquido incrustándose en mi cerebro, ¡¡son las 00:03!!, ¡¡las 00:03!!, ¡¡ las 00:03!! Flota en el ambiente una presencia, energía negativa soterrada en alguna parte, la televisión me eriza la piel, siluetas borrosas salen de la pantalla extendiendo una red digital terrestre que sube ahora por mis piés, me pongo de pié e intento matarla con el mando pero no me es posible, el dvd no deja de llamar mi atención, comienza a tragarse todo, me quita las ideas, las hace desaparecer, tan mosquita muerta, con sus números encendiéndose y apagándose, ¡¡son las 00:04!!, ¡¡las 00:04!! ¡¡las 00:04!! El ordenador portátil me amenaza moviéndose con furia, enseñándome los dientes sucios, me escupe letras, la radio me sorprende, esgrime los cascos que utiliza como inesperados látigos, el móvil emite ondas cancerígenas a mi útero, los cables negros salen por detrás de los aparatos, me rodean trasmitiéndome corriente, estirando cada uno por un flanco en la piel roja allí donde me cercenan, descargan sus enchufes disparados como flechas, lanzándolos como fieras… la histeria del colectivo electrónico… Puedo ver mi sangre verde fosforito, se ha digitalizado, los cables tiran de mí, me escuece, me sale sangre verde, los ojos se me salen de las órbitas, soy una luz intensa que se apaga y se enciende, una bombilla humana, una linterna emitiendo haces de de luz a través de las fosas nasales, mis dedos se mueven compulsivamente sobre un teclado invisible, sistema binario, cortar y copiar, las siluetas borrosas se deslizan por mi piel, los cables se retuercen, sádicos se enfurecen todavía más, hasta el golpe final, hasta el toque de gracia en forma de cortocircuito, una pequeña chispa seguida de otras más grandes, un relámpago atravesándome de cabeza a pies, un colapso asestado por la ingeniería asesina, mi cuerpo humea, mi pelo se quema, los pezones carbonizados apuntan hacia el televisor que aún me sostiene con sus cables por la cintura, mi columna vertebral doblada sobre sí misma, orgía mesiánica, lametones de corriente alterna, porcentajes de deudas pedidas desde el centro de una mina. Inmolación completada.


La visión acaba aquí, hubiera acabado mucho antes si no la hubiera escrito, si la hubiera dejado esfumarse como otros tantos pensamientos, si no la hubiera capturado para vosotros, o quién sabe, para mí sola, antes de que se volatilizara y no volviera a acordarme de ella. Quede aquí registrada.

25-may-2009

SHADOW OF YOUR SMILE




Plaza de España. Son las 9:10. Camino rápido por la ciudad. Cruzo en rojo esquivando peatones. La mañana huele a cañerías atascadas y CO2 conformando un aire oxidado difícil de respirar. El cielo gris plomizo amenaza con descargar su acidez sobre el gran hormiguero que constituye el centro de la urbe. Escucho por los cascos de la radio que “ella”, la divina” ha sido una de las voces más contundentes del jazz estadounidense. Un experto alaba su calidad vocal distinguiéndola entre otras grabaciones de sus contemporáneas. “Difícil de superar”, me digo, pues pienso en Ella Fitzgerald o Nina Simone. Una mujer sacude una alfombra en la ventana de un edificio de la calle Don Jaime, justo encima de donde yo paso. Me cago en todos sus muertos utilizando mi propio lenguaje interior. Estornudo estrepitosamente. Van a emitir un trocito de una de sus canciones, “Shadow of your smile”, dice el locutor cuando paso por la plaza San Pedro Nolasco. Suenan las primeras notas de la canción. Miro hacia donde siempre miro cuando paso por aquella plaza, pero el “París Gallery” ya no está y esto hace que se acreciente en mí una punzante sensación de orfandad. ¿Dónde estará ahora su camarero, aquel hombre bajito con un bigote menudo como hecho a medida? Ahora, en su lugar, hay un restaurante con decoración vanguardista del que nunca me detengo a constatar su nombre. En un bordillo aledaño duerme un vagabundo que tiene mi misma cara. Enseguida la voz rasgada de la cantante actúa como un sedante directo en las venas. Veo una aguja que recorre los surcos de un viejo disco conocido. Desciende mi ritmo cardíaco. Sorteo el puesto de bicis de alquiler y a algunas palomas que se cruzan en mi camino. Alejo los recuerdos como puedo. Espanto a las palomas dando un zapatazo. Pero ya es tarde para mí. El swing de Sara Vaughan planea como una sombra sobre la calle San Vicente de Paúl. No llueve, pero lo parece. La tristeza se cruza conmigo, me mira a los ojos y desaparece en el interior de la tienda de flores de plástico. Sigo mi camino. La canción ha cesado. El océano ha terminado de colarse por la alcantarilla sobre la que paso. Son las 9:15. Han pasado cinco minutos de sombras por mi sonrisa.





12-may-2009

DE PROFUNDIS

(Para Antonio Vega )

Cuidado:
A quien intente sobrepasar el límite
o sonsacar sus secretos a punta de fusil
no tendrá piedad de ellos

A los jueces que quieran entrar con perros
al mausoleo invisible de su templo
no tendrá piedad

Porque la que está allí escondida
contenida en un cuerpo de mujer
es un animal de esterilidad perpetua
una mujer tosca que amenaza olas
cuyas manos llueven ira
sobre los restos de la ciudad

Y sabe que vosotros tampoco tendréis compasión

Pero ella, desde lo profundo,
asciende por los sumideros
se filtra en las paredes de vuestros sueños
depositando granadas en las mejillas de vuestros hijos
acribillando corsés y miriñaques
con la puntas de sus dedos

Os vigila desde su bunker.

Un bunker donde acaba regresando
replegándose sumisa
antes de que la poesía explote en el exterior.

01-may-2009

ASCENSIÓN AL MONCAYO




Patinábamos juntos por la vía de la Hispanidad. Víctor iba por delante mirando a todos los lados, a sus trece años le da vergüenza que algún colega del instituto le descubra en compañía de su madre y su hermanita. Yo iba agarrada de la mano de Clara. No al revés, no era la niña la que estaba aprendiendo. Era la primera vez que me ponía unos patines en línea. Al principio parecía un pato mareado, pero más tarde, aunque la adrenalina seguía escapándose por mi garganta en forma de grititos pronto me sentí rejuvenecer en cada deslizamiento de pies. Clara y yo reíamos. La tarde de domingo se demoraba en nuestras melenas rubias donde unos postreros rayos de sol centelleaban fulgurantes. Éramos la familia feliz. Las parejas se sucedían a nuestro paso, los abuelos, algunos grupos de adolescentes y personas que paseaban a sus perros.
Dimos la vuelta a la altura de la clínica Montpellier. El enlace de carreteras, con su monumento al Moncayo, una gran barra retorcida de color rojo culminada por una bola amarilla que representa el sol era lo que veíamos al fondo de la avenida. Entonces Víctor patinaba por detrás a una prudente distancia. El carril bici semejaba un largo caminito verde, como esos que aparecen en los dibujos de los niños y los cuentos, esos senderos que llegan hasta una casita de chocolate. Me sentía bien. Las botas de plástico duro empezaban a dejar rozaduras en la finísima piel de mis piernas, pero aún así mis impulsos patinadores eran cada vez mayores. Me sentía volar. Tenía una meta que alcanzar, la cima del monte rojo, el trono del dios Sol. Con mi patinaje experto me sentía cada vez más y más confiada, la velocidad aumentaba y disminuía la distancia roja al chirriante Moncayo. Con tesón y algo de fuerza de voluntad se podían conseguir muchas cosas. Era cuestión de proponérselo. Sacarse una carrera aún era posible. ¿Por qué no? La de Filología, por ejemplo. Habría que empezar presentándose a las pruebas de la UNED. Me imaginé sentada en mi escritorio rodeada de apuntes, tomando cafés para no quedarme dormida. Esa imagen se mezcló con la mudanza a un ático recién adquirido con el fruto de mi trabajo y el de mi pareja, subíamos las escaleras del nuevo edificio cargados de cajas de cartón para terminar aparcándolas en un suelo de tarima flotante en el que refulgía la luz que entraba por los ventanales. Ambos sonreíamos. Los niños correteaban felices de habitación en habitación. Nuestro mayor problema era de qué color pintaríamos las paredes.
La carrera seguía según lo pensado. En uno de los avances de mis piernas giré la cabeza para ver si Víctor me miraba orgulloso. El levantó el pulgar hacia arriba indicándome que su madre, para ser tan vieja para esas velocidades iba muy bien, más que bien. Fue al volver la cabeza a mi posición inicial cuando me descalabré por los suelos, un fuerte choque me noqueó dejándome unos segundos aturdida, confundida con el porqué de aquella desgraciada caída que me contusionó la cadera izquierda, mi temido punto débil. Descubrí horrorizada que no sólo había caído yo, un negro enorme yacía cuan largo era atravesado en el carril bici. Él fue más rápido en levantarse, podría tener unos quince años menos que una servidora. Mientras yo me dedicaba, impotente, a hacer muecas de dolor y a balbucear muchos lo siento, sorry, y exuse-moi, se levantó de un salto con evidente preocupación inclinando su esbelto esqueleto hacia mi desmadejada figura. Me levantó en santiamén. Sin dejar de sujetarme, pues me temblaban la piernas y no lograba volver a guardar el equilibrio con los patines, dijo unas palabras en algún idioma que no reconocí. Era de miembros largos y estilizados, de piel mate negra negrísima, iba vestido como muchos otros, pobremente, seguramente con ropas donadas por la caridad. Los niños, ahora los dos junto a mí, lo miraban extasiados. El los miró a ellos. Debió de calibrar muy bien la situación cuando me cargó en volandas tan inesperadamente que no pude evitar soltar un pequeño grito de sorpresa. ¿Qué se proponía? Me pareció un gesto ciertamente exagerado. Pero sea como fuere aquel joven atlante me cargaba como si llevara el cuerpo sin vida de una pequeña gacela y con sus zancadas me mecía en un agradable vaivén. Pensé, después de mirarle tímidamente a los ojos negros como tizones, y de constatar sus labios generosos y un rostro digno de ser representado en una talla de madera, después de visualizar apenas sus anchos hombros, pensé pues, que me llevaba a algún rincón apartado para hacerme el amor, tan irresistiblemente atraído por mí había quedado. Me adelanté al placer de tocar las fibras de su cuerpo, imaginé su torso desnudo abalanzándose sobre mí, imaginé que me arrancaba la ropa detrás del seto que separan las urbanizaciones del paseo, y que un gran pene me penetraba comenzando así un viaje orgásmico repleto de embestidas de placer…Imaginé….De repente mis posaderas detectaron la superficie rígida del banco donde me depositó. Lo miré confundida. Se alejaba con una sonrisa y algunas palabras ininteligibles. Los niños me preguntaban preocupados si estaba bien, pero yo no los oía. Seguía con la vista clavada en sus nalgas prietas, en las piernas remeras que se abrían paso en el mar de asfalto de aquella tarde urbanita hasta que el espejismo provocado por el mal de altura acabó por desaparecer tras el ficticio Moncayo.

26-abr-2009

ELONGACIÓN




La voz huyendo entre los agujeros de las telarañas
encerrando el grito en una lengua de algodón
las yemas de mis dedos goteando ácido
Fuga con cuenta atrás para llegar al principio
sin poder hacer aleación de lo infinito,
maleables figuras de plastilina.
Resucitando mi imagen en el cuadro de la pared
reinando en el altar a los pies de mi cama
mirándome desde allí
mientras mis piernas y brazos se hacen largos
cada vez más largos
preguntándome si es mía la piel blanca que está sobre la cama.
si es mía la cabeza enquistada que descansa
en el hueco de la almohada

Rebajando la tristeza con pastillas
he ahogado un puñado de textos inocentes.