
A lo mejor era tu cuerpo lo que me unía a tí
y no algo más abstracto.
A lo mejor imaginé todo lo demás.
(Miriam Reyes)
(Miriam Reyes)
Estuve allí;
La ciudad donde la juventud se nos embarcó en el último bateau mouche del atardecer,
la vimos alejarse entre las aguas grises, tras los remolinos espumosos de su estela
mientras capturábamos el momento en una cámara de fotos
sobre le pont- neuf.
Estuve allí,
porque más tarde, ya de noche, incidimos por las avenidas como estrellas fugaces,
ahora en Pigalle, enseguida en Neuilly…
a bordo de aquel deportivo rojo que Mario conducía haciendo de cicerone.
Vosotros hablabais de coches y motores,
yo intentaba traducir el “come toi”, de Jean Jacques Goldman.
Directos al Trocadero…,
donde la mitad del mundo ha contemplado el amanecer.
Mas aquella noche estaba nublado
Las gotas, como un funesto presagio, impactaron en nuestras caras con la fealdad de cientos de escupitajos
Recuerdo a la gente correr a guarecerse en el pórtico,
el viejo carrusel cerrado y tapado con plásticos quedando solitario bajo la lluvia
Por eso cada vez que pienso en París yo estoy allí,
mi figura difuminada y gris, pero ciertamente allí.
Lo más terrible de todo esto, es saber que nunca te amé,
que no dejé huella en ningún sitio, ni los sitios dejaron huella en mí.
Que mi paso fue leve, gravitatorio,
aunque la imagen fluya prisionera en los espejos del recuerdo
Por eso sé que estuve allí…
Incluso podría parecer, forzando el cajón de las concesiones
que no estuve jamás en París.
Pero sí estuve.
La ciudad donde la juventud se nos embarcó en el último bateau mouche del atardecer,
la vimos alejarse entre las aguas grises, tras los remolinos espumosos de su estela
mientras capturábamos el momento en una cámara de fotos
sobre le pont- neuf.
Estuve allí,
porque más tarde, ya de noche, incidimos por las avenidas como estrellas fugaces,
ahora en Pigalle, enseguida en Neuilly…
a bordo de aquel deportivo rojo que Mario conducía haciendo de cicerone.
Vosotros hablabais de coches y motores,
yo intentaba traducir el “come toi”, de Jean Jacques Goldman.
Directos al Trocadero…,
donde la mitad del mundo ha contemplado el amanecer.
Mas aquella noche estaba nublado
Las gotas, como un funesto presagio, impactaron en nuestras caras con la fealdad de cientos de escupitajos
Recuerdo a la gente correr a guarecerse en el pórtico,
el viejo carrusel cerrado y tapado con plásticos quedando solitario bajo la lluvia
Por eso cada vez que pienso en París yo estoy allí,
mi figura difuminada y gris, pero ciertamente allí.
Lo más terrible de todo esto, es saber que nunca te amé,
que no dejé huella en ningún sitio, ni los sitios dejaron huella en mí.
Que mi paso fue leve, gravitatorio,
aunque la imagen fluya prisionera en los espejos del recuerdo
Por eso sé que estuve allí…
Incluso podría parecer, forzando el cajón de las concesiones
que no estuve jamás en París.
Pero sí estuve.





